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Valentina Sosa

Duelo4 min de lectura

Volver a la rutina cuando alguien falta

Las primeras semanas después de una pérdida tienen un guion social. Lo difícil empieza cuando ese guion se termina y hay que volver a la vida de siempre, que ya no es la de siempre.

Silla con una manta tejida, un libro abierto y una vela encendida

Los primeros días después de una muerte están llenos de tareas. Hay trámites, llamadas, gente que llega, decisiones prácticas que no pueden esperar. Eso ocupa y, de algún modo, sostiene. El momento verdaderamente difícil llega después: cuando se van todos, se terminan los trámites y hay que volver al trabajo un lunes cualquiera.

La vuelta al trabajo

Volver suele ser más duro de lo esperado, y no siempre por las razones que uno imagina. Molesta la normalidad ajena: que todo el mundo siga con sus cosas, que haya una reunión sobre un tema irrelevante, que alguien se queje del tránsito. También molesta la incomodidad de los demás, que no saben qué decir y a veces resuelven no decir nada, lo cual se siente como si no hubiera pasado.

Sirve bajar mucho las expectativas de rendimiento durante los primeros meses. La concentración baja, la memoria de trabajo funciona peor, el cansancio es mayor. Eso está bien documentado y es esperable. Exigirse el nivel habitual en ese período agrega una frustración que no hace falta.

Las cosas cotidianas que duelen

Lo que más desorienta a la gente es dónde aparece el dolor. No suele estar en los momentos solemnes, sino en detalles domésticos: comprar de más en la feria por costumbre, la taza que quedó en el estante, el nombre que todavía figura en el grupo de WhatsApp, el ruido que hacía la puerta cuando llegaba.

Esos detalles duelen porque el vínculo estaba hecho de eso. Muchas personas sienten vergüenza de llorar por algo tan chico. No hay nada de chico ahí: la vida compartida con alguien está construida casi enteramente de cosas así.

Qué hacer con los objetos

Es una de las preguntas más frecuentes y no tiene una respuesta única. Lo único que sí puedo decir con alguna certeza es que conviene no apurarse por presión externa. Hay entornos que empujan a ordenar rápido, con la idea de que ver las cosas hace mal. Otras veces la presión es la contraria, la de no tocar nada.

El criterio que suele funcionar es hacerlo por partes y cuando uno lo decide, no cuando otro lo sugiere. Empezar por lo que menos pesa, dejar sin resolver lo que todavía no se puede, y permitirse guardar algunas cosas sin tener que justificar cuáles ni por qué.

No hay un momento correcto para ordenar un placard. Hay un momento en que uno puede, y ese momento no lo fija el calendario.

Seguir no es olvidar

Hay un temor que aparece bastante y del que casi nadie habla: el de que estar mejor sea una forma de traición. Que reírse de algo, disfrutar una tarde o volver a hacer planes signifique que la persona importaba menos de lo que se creía.

Vale la pena decirlo con todas las letras: seguir viviendo no borra a nadie. El objetivo del proceso no es dejar atrás al que se fue, sino encontrarle un lugar distinto, uno que permita llevarlo sin que ocupe todo. Con el tiempo, mucha gente descubre que puede hablar de esa persona sin quebrarse, contar anécdotas, incluso reírse recordándola. Eso no es haber olvidado. Es haber podido guardar.

Y si ese proceso se hace demasiado cuesta arriba, o si hace meses que no se afloja nada, hablarlo con alguien no es un signo de debilidad. Es una manera razonable de no tener que hacerlo sola.

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