Saltar al contenido

Sitio ficticio de demostración. La profesional, los datos de contacto y los turnos son inventados.

Valentina Sosa

Autoestima4 min de lectura

Poner un límite no es empezar una guerra

Mucha gente asocia el límite con el conflicto y por eso lo evita hasta que ya no da más. Pero un límite bien puesto es, casi siempre, lo que evita el conflicto.

Banco de madera con un libro apoyado sobre una pared rosada

Cuando se habla de poner límites, la imagen que suele aparecer es la de una escena tensa: alguien levantando la voz, una relación que se rompe, un portazo. Con esa imagen de fondo, es entendible que la mayoría prefiera acomodarse un poco más y dejarlo pasar. El problema es que acomodarse tiene un costo que se paga después, y con intereses.

Qué es realmente un límite

Un límite no es una exigencia sobre la conducta del otro. Es una definición sobre la propia. No es dejá de escribirme a cualquier hora, es a partir de las diez de la noche no contesto mensajes de trabajo. No es no me hables así, es si me hablás en ese tono, corto la conversación y la seguimos más tarde.

La diferencia no es cosmética. En el primer caso uno queda dependiendo de que el otro cambie, lo cual no está bajo control y suele terminar en frustración. En el segundo, uno define qué va a hacer, y eso sí depende de uno. Es la diferencia entre un pedido, que el otro puede conceder o no, y un límite, que se sostiene con la propia conducta.

Un límite describe lo que vas a hacer vos, no lo que el otro tiene que dejar de hacer.

La culpa que aparece después

Casi todo el mundo que empieza a poner límites siente culpa. Es tan frecuente que conviene anticiparlo en consulta, porque quien no lo espera suele interpretar la culpa como una señal de que hizo algo mal y da marcha atrás.

La culpa, en estos casos, no es información sobre la corrección de la conducta. Es información sobre lo poco habitual que resulta. En personas que crecieron con la idea de que su función era sostener el bienestar de los demás, cualquier acto que priorice lo propio activa una alarma. La alarma no dice esto está mal: dice esto es nuevo. Y la única forma de que baje es sostener el límite algunas veces y comprobar que el mundo no se derrumba.

Un límite se sostiene, no se anuncia

Hay una tentación muy común, sobre todo en quienes empiezan este trabajo: convertir el límite en un discurso. Una explicación larga, con antecedentes, justificaciones y ejemplos. Suele salir mal, por dos razones. La primera es que una explicación extensa abre una negociación: si di cinco razones, alcanza con refutar tres para que el límite se caiga. La segunda es que el volumen de justificación transmite inseguridad y la otra persona lo percibe.

Los límites que funcionan son cortos, dichos en tono normal, sin pedir permiso y sin adornos. Ese fin de semana no puedo. No voy a hablar de eso. Prefiero que lo resolvamos otro día. Y después, la parte incómoda: quedarse callado. El silencio que sigue no hay que llenarlo. Es en ese silencio donde el límite se sostiene o se disuelve.

Qué pasa con los que se enojan

Es cierto que algunas personas van a reaccionar mal. Conviene decirlo con claridad, porque la promesa de que si lo decís bien todos lo van a entender es falsa y deja a la gente sintiéndose torpe cuando no ocurre.

Lo que sí es esperable, y esto lo confirma la experiencia clínica una y otra vez, es que la molestia inicial suele ser proporcional a lo acostumbrado que estaba el otro a que uno no dijera nada. Los vínculos que se sostenían sobre esa disponibilidad ilimitada crujen. Y ahí aparece una información valiosa: qué vínculos se reacomodan, con incomodidad y todo, y cuáles solo funcionaban mientras uno no ocupara ningún lugar.

Ese descubrimiento duele, pero es exactamente la clase de material que vale la pena trabajar acompañado. No porque sea grave, sino porque las conclusiones que uno saca solo, en medio de la culpa, suelen ser peores que las que aparecen conversando.

Seguir leyendo

Todos los artículos