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Cuando la pareja deja de hablar de lo importante
No siempre hay peleas. A veces lo que hay es una convivencia impecable, muy bien organizada, en la que hace meses que no se dice nada que importe.

Hay parejas que llegan a consulta sin un motivo claro. No hay una infidelidad, no hay gritos, no hay un episodio que se pueda señalar. Lo que hay es una descripción que se repite con distintas palabras: estamos bien, pero es como si fuéramos compañeros de casa.
La convivencia bien aceitada
Con los años, las parejas desarrollan una eficiencia notable para lo cotidiano. Quién pasa por el supermercado, quién lleva a los chicos, cómo se reparten los feriados, qué se hace con la garantía del alquiler. Esa coordinación es un logro y sostiene la vida de todos los días.
El problema aparece cuando esa conversación logística ocupa el ciento por ciento del espacio. Cuando las únicas frases que se intercambian en una semana son operativas, la pareja funciona, pero no se ve. Y ese no verse es progresivo: no hay un día en que ocurra, hay una acumulación de meses en los que no ocurrió nada.
El costo de evitar
Casi siempre, detrás de ese silencio hay uno o dos temas que se dejaron de tocar porque la última vez salió mal. La distribución del trabajo doméstico. El deseo, que cambió y del que nadie sabe cómo hablar. Un familiar del otro. La decisión de mudarse o no. Dinero.
Evitar un tema difícil funciona a corto plazo: baja la tensión inmediata. Lo que no se ve es que cada evitación amplía la zona prohibida. Primero se deja de hablar del tema, después de todo lo que se le parece, después de cualquier cosa que pueda derivar en él. Al año, la lista de asuntos innombrables es larga y la conversación posible se redujo a lo intrascendente.
El silencio no es neutral. Cada tema que se deja de tocar se lleva puestos otros temas cercanos.
Volver a abrir un tema viejo
Reabrir algo que quedó clausurado hace tiempo requiere un poco de preparación. No conviene hacerlo de sorpresa ni en el medio de otra cosa. Funciona mejor avisar: hay algo que quiero conversar, no es urgente, dale, decime cuándo podés. Eso le da al otro la posibilidad de llegar sin sentirse emboscado, que es la condición para que pueda escuchar.
También ayuda empezar por el propio lugar en el asunto, no por el del otro. Vengo callándome esto hace meses y me parece que eso también hizo daño abre mejor que hace meses que vos no. Lo primero invita a acompañar; lo segundo invita a defenderse.
Qué se puede esperar de la consulta de pareja
Una aclaración que hago siempre en la primera entrevista: mi función no es decidir quién tiene razón, ni repartir responsabilidades. Es mostrar el circuito. Qué dispara qué, en qué punto exacto de la secuencia uno de los dos deja de escuchar, qué es lo que cada uno está tratando de proteger cuando hace eso que al otro le resulta incomprensible.
Con ese mapa a la vista, las conversaciones que estaban trabadas empiezan a poder tenerse. No porque desaparezcan las diferencias, sino porque se puede hablar de ellas sin que cada vez se ponga en juego el vínculo entero.
También es honesto decir que a veces el resultado de una terapia de pareja es una separación. Cuando eso pasa, el trabajo sigue teniendo sentido: hay una diferencia grande entre separarse en medio del desastre y separarse habiendo entendido qué pasó, sobre todo cuando hay hijos y el vínculo va a continuar de otra forma.

